Realizar entrevistas clínicas completas a cada usuario.
Aplicar pruebas, escalas o instrumentos de evaluación válidos.
Definir el diagnóstico psicológico y elaborar el plan de tratamiento.
Atender casos de ansiedad, depresión, estrés, duelos, problemas de conducta, violencia intrafamiliar, adicciones y otros trastornos emocionales o mentales.
Aplicar terapias individuales, familiares o grupales según cada caso.
Enseñar estrategias para manejar emociones, resolver conflictos y mejorar la convivencia.
Hacer controles periódicos para ver avances y ajustar el tratamiento si hace falta.
Remitir al psiquiatra o a otros profesionales cuando se necesite medicación o atención complementaria.
Realizar charlas o talleres sobre salud mental, prevención del consumo de sustancias, violencia y manejo del estrés.
Orientar a familias y cuidadores sobre cómo apoyar al paciente.